viernes, 13 de mayo de 2011

Realmente no exite lo ridículo, sólo son absurdas y limitadas interpretaciones de lo que nuestros estereotipos nos dicen que es correcto y no. Es aquí donde creo en la NADA, todas son interpretaciones de algo que siempre fue todo.

jueves, 5 de mayo de 2011

Multiples visiones...

miércoles, 4 de mayo de 2011

La cámara se roba nuestra alma.


Se la lleva a quién sabe dónde vuelta un negativo arañado en celuloide para, más tarde —si es que tenemos suerte y no terminamos en un ataúd de archivos olvidados—, ser transfigurada nuestra ánima en una impresión en papel fotográfico donde cualquiera pueda leer en nuestros ojos traslapados en tiempo y espacio los profundos miedos, el hastío superficial o la felicidad arrebatadora que nos habitaba en el momento del clik, adivinar y conjeturar sobre quiénes somos en la tensión de nuestros labios y cejas, el rubor de mejillas, el acomodo aéreo de brazos y manos, hombros y espalda. La cámara nos puede desintegrar en una marejada de datos binarios digitalizados que no son más que un flujo de información amorfa que al ser descomprimida en una computadora reviven —reintegran como en la teletransportación de Viaje a las estrellas— nuestras gesticulaciones, la cuales tal vez no vayan más allá de nuestras máscaras y escudos de apariencia: cartón-piedra.


Quizá porque sabemos que las cámaras, al fotografiarnos, filmarnos o grabarnos hurtan descaradamente nuestra aura y nos debilitan, dejando perforado halo y ectoplasma, expuestos a que manos y conciencias perversas hagan magia negra con el aura que inevitablemente rodea nuestros retratos, tal vez por esta certidumbre atávica que nos previene del peligro, es que dejamos de ser nosotros mismos cuando sabemos que la lente de una cámara nos apunta: una video cam, una Lumix analógica, el ojo espía de un teléfono celular o iPhone. La conciencia de estar frente a una posible foto nos lleva a tomar una actitud irreal, a instalarnos en una pose tanto más estudiada por cuantas más fotografías y videos se nos tomen.


¿Seremos capaces de representar a quien en realidad somos frente al lente de una video HD? A la hora de ser fotografiados, ¿nos interesa ser sinceros y diáfanos —dejar de ser los actores de nosotros mismos— para que quien nos vea vueltos un documental o un fotograma sepa de nuestras profundidades? Esto es peligroso, atemorizante.


El proceso puede ser largo, estar sembrado de dudas. La responsabilidad de este proceso puede ser incluso más demandante cuando el retratado, el radiografiado, lleva sobre sus hombros la representación de un anhelo y una conciencia colectiva, cuando uno es la sublimación abierta en carne viva de un momento de la historia, cuando uno es un personaje público querido y celebrado. Entonces la pregunta es: ¿quiero mostrar mis tripas, mi dolor y mi felicidad que son en última instancia sólo mías, mis tesoros más preciados? ¿Puedo hacer de mi intimidad un objeto de espectación?


Esto un bonito regalo, una visión diferente.